Una de las primeras normas de educación que se nos enseña cuando somos pequeños es que siempre debemos ceder el asiento a las personas mayores en el transporte público. Tiene sentido el que se aprenda tan pronto; es internacional, te durará toda la vida (o al menos hasta que empiecen a cederte el asiento a ti) y es muy sencillo de comprender para un niño de cinco años: yo sentado, persona mayor de pie, yo me levanto, y ella se sienta. No hay dudas ni excepciones a la regla. Hasta ahora.
Llevo aplicando esa norma desde que era enana y nunca había tenido tan mal resultado como aquí en Londres. Al principio de llegar aquí cuando cedía mi asiento en el metro y me lo rechazaban no me molestaba, pero ahora empiezo a sentirme incómoda ya que no sólo te lo rechazan, si no que a muchas personas les sienta fatal que se lo ofrezcas. La regla ya no es tan sencilla. Nadie me ha aceptado el asiento desde que vivo aquí y no he visto a nadie aceptar el asiento de cualquier otra persona que se lo ofreciera. Ahora ya no ofrezco mi preciado asiento tan ricamente; primero estudio la situación. Una de las dificultades es acertar con la edad del individuo: ¿es realmente mayor? ¿o es un joven de 50 años que ha trabajado demasiado desde demasiado pronto?
Cuando no hay dudas de que la persona es mayor, y aún así te rechazan el asiento, no puedo evitar pensar que eso en mi pueblo jamás hubiera pasado. Ninguna persona mayor en un pueblo te rechaza el asiento del autobús. La pregunta que queda es: ¿la ciudad curte a las personas o simplemente las hace más defensivas? ¿rechazan el asiento porque realmente no lo necesitan o por no mostrar signos de debilidad?